La Venida de la Virgen a Zaragoza
La historia del Pilar empieza con una tradición. Cuenta que el apóstol Santiago el Mayor predicaba en Caesaraugusta, la Zaragoza romana, con muy poco éxito: apenas había logrado reunir a un pequeño grupo de convertidos a orillas del Ebro y estaba desanimado.
La madrugada del 2 de enero del año 40, la Virgen María —que según la tradición aún vivía en Jerusalén— se le apareció rodeada de ángeles. Le entregó una columna de jaspe, el Pilar, como símbolo de la firmeza que debía tener su fe, y le pidió que levantara allí un templo en su honor. Por eso se dice que vino «en carne mortal», y de ahí la jaculatoria que se sigue rezando: «Bendita y alabada sea la hora en que María Santísima vino en carne mortal a Zaragoza».
El propio Cabildo reconoce que el relato quizá no resistiría una crítica histórica rigurosa, pero la tradición sostiene que la columna no se ha movido de su sitio desde entonces. Lo que sí está documentado es la sucesión de templos sobre ese lugar: una capilla junto al río —posiblemente dentro de una casa romana— que pudo ser uno de los primeros templos marianos de la cristiandad, un culto público ya en el siglo IV, una iglesia visigoda y, siglos después, las iglesias románica, gótica y barroca.
Cada 2 de enero la Basílica recuerda la Venida con una vigilia eucarística, y el día 2 de cada mes la imagen se muestra sin manto. Juan Pablo II besó el Pilar en sus dos visitas, en 1982 y 1984; en la segunda pidió ver la columna despojada de su manto.
